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Jugar al rol con niños

Los niños siempre sorprenden cuando inventas historias con ellos. Los juegos de rol tienen la particularidad de permitir sentarte en la mesa, cruzarte de brazos y disfrutar de todas las ideas que vuelcan en cascada en la narración dotándola de una frescura que no imaginarías nunca.

Esta tarde de cuarentena hemos sacado uno de los juegos que más nos gustan. Nosotros le llamamos, el juego de los ratoncitos y es una mezcla de Dungeons&Dragons y Mouse Guard.

Los elementos que utilizamos son muy básicos, un bolígrafo, unos dados, una hoja de personaje simplificada y una hoja de papel para dibujar el mapa. Sin más. Opcionalmente, algunas figuritas para dar ambiente.

Yo, que me gusta hacer de Dungeon Master, voy inventándome una historia sobre la marcha. Primero nos describimos y ellos describen el lugar donde están. Ellos encarnan a dos valientes ratoncitos que tienen ganas de vivir apasionantes e indescriptibles aventuras:

En la tarde de hoy, nuestros protagonistas se acaban de despertar y quieren salir de casa pero habían olvidado dónde estaba la llave. Tras una intensa búsqueda… ¡La habían escondido detrás del tarro de mermelada, en la nevera!

Abrieron la puerta y saltaron por el agujero que estaba en el pasillo de aquella vieja casa. Iban buscando algo para comer durante la aventura y, encima de la mesa, vieron un gran trozo de queso. Tuvieron que hacer algunas pruebas de habilidad para saltar a la silla, primero, y, luego, a la mesa, por supuesto, sin levantar sospechas y sin ser vistos por el dueño de la casa.

Una vez que estaban aprovisionados para salir de aventuras, pasaron por la rendija de debajo de la puerta y salieron al jardín donde un águila intentó comérselos, pero lograron escapar corriendo al árbol que había al otro lado del jardín. (El mapa lo voy dibujando en la hoja según van avanzando en la narración).

Las intensas lluvias de los últimos días se habían llevado el puente del río y no había forma de cruzarlo. Tras debatir un buen rato sobre si construir una balsa, si saltar al otro lado, si llamar a un delfín (lo que no es posible porque en los ríos no viven los delfines), decidieron intentarlo a nado. Tiraron los dados y ambos ratoncitos lo consiguieron.

Tras una larga caminata, que les permitió secar sus ropas tras el baño en el río, llegaron a una bifurcación del camino y tomaron la de la izquierda, que llevaba a un pantano lleno de cocodrilos. Era muy peligroso pasar por el pantano y estuvieron hablando un buen rato acerca de la mejor forma de salir vivos de allí. La solución fue:

Vamos a tirarles chicles a las fauces de los cocodrilos para que se les peguen los dientes y no puedan abrir las bocas para comernos.

Ante tal demostración de creatividad, no pude sino decirles que lograban pasar el pantano sin más complicaciones.

Se escaparon de un bandido y, finalmente, llegaron a un castillo en el que lograron colarse, tras superar unas cuantas tiradas de dados para comprobar si caminaban con el suficiente sigilo y el guardia, que había cenado mucho y se sentía muy pesado y con sueño, no los veía.

En el castillo, vivía un terrible dragón negro que daba mucho miedo pero ellos eran muy valientes y se atrevían con todo y con todos.

El dragón tenía una bola mágica que permitía encontrar trozos de queso escondidos. Había que idear un plan para conseguir arrebatársela.

Esta parte de la historia, como la del pantano, me hizo disfrutar muchísimo porque las ideas que proponían eran locas y muy divertidas.

Determinaron que, lo mejor, sería que uno de los ratones le contase al dragón un chiste muy divertido y el otro ratoncito treparía por su espalda para quitársela mientras se reía por el chiste.

Tras pensar un rato, uno de los niños contó un chiste con el que nos reímos todos mucho y, claro, el dragón, también.

Hicieron las tiradas de dados pertinentes y lograron quitársela. Uno de ellos, como estaba planeado, subió por su espalda y el otro, épicamente, tras haber contado el chiste y ver que el dragón seguía riendo, pasó por debajo de sus piernas y ayudó a su compañero a coger la bola mágica.

Para escapar del castillo y del dragón pensaron que podrían hacerse invisibles con un hechizo del ratoncito mago (el que lleva el báculo) y, tras pasar la tirada pertinente, volvieron a casa sin tener que preocuparse, nunca más, de tener que buscar un pedazo de queso para comer.

Una tarde de aventuras muy divertida que demuestra que, tirando un poco del hilo, la imaginación de los niños puede hacernos pasar, en familia, ratos muy, muy divertidos inventando historias, imaginándonos en mundos fantásticos llenos de aventuras.

En una sesión posterior, vistando una cueva, en las Montañas Blancas, los aventureros, muertos de hambre, necesitaban coger algo de comida pero la custodiaba un gigante. Idearon el siguiente plan. Cogerían un montón de piedrectias, las meterían en los zapatos del gigante y robarían la comida, así cuando el gigante se despertara y quisiera atraparlos no podría andar porque le dolerían los pies. ¡Qué ‘salaos’!

En otras ocasiones, hemos buscado mapas por internet y los hemos coloreado con acuarelas para dar un poco más de ambientación con idénticos resultados y más tardes llenas de diversión.

Espero que esta entrada del blog (que hacía tiempo que no escribía nada) os haya aportado una idea para hacer con los niños durante estos días de cuarentena.

Mucho ánimo y mucha salud.

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