Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información

La tertulia de Hermida

A comienzos de los años 90 cursaba yo bachillerato en un instituto del extrarradio de Madrid y no tenía ni la más remota idea de por dónde iban a ir mis pasos. Acabadas las clases diarias, comía a toda prisa en la cocina para encender la televisión y ver la tertulia que, cada día, organizaba Jesús en su plató.

Por allí desfilaba gente de todo tipo y, una vez a la semana, teníamos el gustazo de ver cómo don Camilo José Cela, con su habitual descaro, comentaba y arremetía contra todo lo que no le gustaba, al tiempo que, también, nos hacía partícipes de su sabiduría literaria y social.

Recuerdo que el gran plató se reducía, durante la tertulia, a una gran mesa rectangular en torno a la que, disfrutando de un café, se sentaban escritores, periodistas, cantantes y, en alguna ocasión, para mi sorpresa, hasta futbolistas. Lo que me maravillaba era que nunca parecía haber un listado de temas preestablecidos y cuando Jesús Hermida se acercaba a la mesa, los contertulios comenzaban a hablar de cualquier cosa, a veces eran temas de actualidad y otras no, y, yo, un chico de catorce o quince años, me quedaba completamente absorto viendo cómo saltaban de un tema a otro, hablando con firmeza e interés. Sus conversaciones en la tertulia tenían cuerpo, densidad y producían en mí la inquietud de querer saber más sobre todo aquello que comentaban, sentía el anhelo de querer hablar tan bien como ellos. Aparecía en mi mente, con frecuencia, la duda de por dónde se encaminaría mi vida, cuáles serían mis estudios universitarios, ya que, imaginaba yo, eso determinaría en que tipo de tertulias podría participar y sobre qué temas podría llegar yo a hablar con la misma solidez que los tertulianos de Hermida. Fantaseaba, a menudo, con organizar, cuando fuera mayor, una tertulia semanal a la que asistiera gente (no necesariamente famosa) que supiera de muchos temas, una tertulia de café, bollo y lo que se terciara después.

Fui un fiel televidente de aquella sección del programa de Jesús Hermida. No sé si estoy en lo cierto, pero la presencia de Hermida en la siesta duró dos temporadas y, cuando desapareció de la parrilla, yo me quedé sin mi momento favorito televisivo del día.

Durante mucho tiempo me sentí desubicado, sin saber muy bien qué hacer en la sobremesa. Tiempo después de aquellas tertulias, murió Cela, yo estudié filología, y me hice profesor de alumnos internacionales, primero, y alumnos de secundaria y bachillerato, después… Veo con nostalgia, con pena y desolación como no queda absolutamente nada de aquello en las sobremesas televisivas, en las que gente insulsa con ganas de vacío e intrascendental famoseo opina sin saber de nada. Famosetes de tres al cuarto convertidos por los adolescentes en gurús.

Ayer murió el gran Jesús Hermida, un periodista que siempre demostró amar la lengua, un excelente orador que cuidaba cada una de las palabras que pronunciaba en sus muy bien construidos y argumentados parlamentos. Nos ha dejado Hermida, el mundo es un poco más frío hoy.

Coméntalo en: Twitter Facebook Google +