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La isla del tesoro

Aquel volumen llegó para quedarse en mis anaqueles. Los chicos mayores del barrio habían movido hilos para lograr abrir una biblioteca comunal. Yo tenía unos nueve o diez años y leer era mi principal afición, así que allí estaba, plantado en la puerta, diez minutos antes de la inauguración, esperando impaciente a que abrieran, comiéndome las uñas por saber qué títulos poblarían las estanterías de la nueva biblioteca.

Ciertamente, no debían ser muchos los libros que componían el fondo de aquella pequeña biblioteca de barrio que no ocupaba más que una diminuta habitación del club social pero, para mí, siempre era muy emocionante entrar en cualquier sitio en el que hubiera libros. Recuerdo que torcí la cabeza y fui leyendo, en los lomos de los libros, todos los títulos. Tras estar un buen rato intentando que los otros niños que se habían acercado a la nueva biblioteca no me usurparan el puesto frente a los libros, escogí un ejemplar de la colección Tus libros, de la editorial Anaya en el que se podía leer La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Yo era un chico bastante impaciente y, nada más llegar a casa, abrí La isla del tesoro por su primera página y comencé a leer. Me llevé un chasco, esperaba, desde la primera línea, cañonazos, sables, luchas, galeones y piratas. No tardé mucho en dejarlo y colocarlo desganado en mi mesilla. Sin embargo, nunca llegué a devolverlo a la pequeña biblioteca porque ésta cerró, quizá porque los mayores no valoraron bien el esfuerzo que iba a suponer llevar toda la gestión y el tiempo que un proyecto así implicaba. La isla del tesoro había llegado para quedarse en los anaqueles de las estanterías de mi habitación y allí estuvo sin que volviera a reparar en él durante muchos años, al menos quince, sin que lo moviera de lugar, cogiendo polvo y amarilleando sus páginas.

Era verano, hacía calor y no estaba claro que pudiera irme mucho tiempo de vacaciones, pues debía recuperar, en septiembre, varias asignaturas de tercer curso de carrera. Sufriendo la extrema sequedad que caracteriza el verano madrileño, ansiaba yo, en la penumbra de mi habitación, volver a respirar la humedad salina del mar, cegar mis ojos de reflejos plateados y sentir en mi rostro ese viento de Cádiz que tanto me acompañó en mi más tierna infancia. Una tarde de últimos del mes de julio, buscaban mis ojos algo con lo que entretener las calurosas horas cuando se pararon en La isla del tesoro, recuerdo que lo cogí, lo abrí por cualquier parte y me entretuve viendo las ilustraciones que lo salpicaban cada pocas páginas, lo cerré y observé atentamente la portada durante un buen rato. Volví a abrirlo, esta vez por la primera página y leí el primer párrafo analizando su estilo con filológico cuidado, -siempre lo hago al coger un nuevo libro- esperando encontrar algo que me llamase la atención y ya no recuerdo que hubiera vuelto a cerrar el libro más que para ir a cenar, terminándolo maravillado a la mañana siguiente, con el corazón latiendo rápidamente, emocionado con las aventuras vividas por Jim Hawkins, el protagonista, y completamente subyugado por el influjo que emanaba John Silver, el Largo. La isla del tesoro ha sido el único libro que, tras pasar su última página y acabar la lectura, en lugar de cerrarlo, he vuelto a la primera página para comenzar a releerlo, sin tan siquiera moverme de donde me encontraba, sediento, ansioso por poder revivir todas las increíbles aventuras que en él se narran.

La isla del tesoro llegó, de la forma más inesperada, para quedarse en mis anaqueles, en mi memoria y en mi vida, nunca leí una obra mejor, nunca, ningún libro, me ha hecho sentir la emoción que Stevenson logró con sus personajes y con aquella temible isla. Desde entonces, he devorado absolutamente todo lo que ha caído en mis manos sobre la obra y vida de Stevenson. La obra protagonizada por Jim Hawkins ha hecho que mi género favorito sea el de aventuras y, dada la tradicional sequía de este tipo de obras en nuestra literatura, que leyese mucha literatura anglosajona.

En este día del libro, en este 23 de abril, quiero recomendar a todos los que recalan en este blog la obra que cambió mi vida: La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Tanto que, durante todos estos años he ido coleccionando algunos de los objetos que el enfermizo y misterioso Billy Bones tenía en el baúl que llevó a la Posada del Almirante Benbow y que se puede ver al comienzo de este post.

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