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¿De qué nos vale ser 500 millones?

Frecuentemente nos vanagloriamos de que el español es uno de los idiomas más hablados del mundo. Nos congratulamos y nos miramos el ombligo diciendo que lo hablan 500 millones de personas y creciendo. Sin embargo, cabría preguntarnos para qué lo emplean esos 500 millones y es entonces cuando la respuesta muestra un panorama completamente desolador.

Hay idiomas que valen más que otros pues son más útiles. Un idioma guarda su valía dependiendo de con cuántas personas te puedes comunicar. En el mundo hay unos 500 millones de hispanohablantes. Lo que está muy bien pero la cuestión no es sólo cuánto de abultada es la cifra sino, además, sobre qué temas se comunican y es aquí donde el español no puede sacar pecho.

500 millones ¿y qué? Me pregunto yo. No es que se pueda presumir de que los hispanohablantes estemos a la vanguardia en ciencia, economía, investigación, tecnología. ¿De qué hablamos en nuestro día a día los 500 millones? ¿Para qué usamos el lenguaje? ¿Qué es lo que creamos con él? ¿Para qué queremos ser tantos si no parece que avancemos? La fuerza humana, el abrumador potencial que supone esa enorme cantidad de gente expresándose en una misma lengua parece desaprovechada. La cotidianidad del uso de nuestro idioma se centra en el costumbrismo, en lo anecdótico, en dar muchas vueltas a una idea sin llegar a ningún lado y en lo banal.

Ahora, si nos fijamos en la situación que vivimos en España, en la actualidad, son muchos los jóvenes que tienen que emigrar para buscar un empleo, para intentar labrarse un futuro.

Gracias a las políticas actuales, la sangrante fuga de cerebros que padecemos nos impide avanzar y tomar las riendas de nuestro destino. Da la sensación de que nuestros gobernantes prefieren que se piense lejos de casa, que no se planteen las dudas aquí, que no se investigue sobre las soluciones a nuestros problemas o acerca del origen del universo, de la materia o de la misma vida en nuestro país. Mucho mejor fuera, lejos, donde no incomoden las respuestas. Donde no estorben las nuevas líneas de pensamiento. Y si puede ser en otro idioma mejor, dada la inefable competencia de los españoles en una segunda o tercera lengua de prestigio, muchos nunca accederán a esas ideas. Por eso, mejor, en nuestro país, nos quedamos con la tradición de siempre y así no gastamos en I+D+I, ni en nada que suponga una revolución, ni un avance, ni un cambio de concepto y estructuras.

Claro que hay que decir no gastaremos ahora, a corto y medio plazo, pero el resultado de esta situación ya lo pagaremos luego con creces, no se preocupen.

Las nuevas generaciones de estudiantes tienen la responsabilidad de invertir el ciclo, de convertir al español en una lengua de ciencia, de avance. No es tarea fácil, nuestra historia nos lastra y nos hunde en el cieno de la crisis, la tradición y la corrupción.

La próxima vez que oigan que somos 500 millones o más de hispanohablantes, digan ¿y qué? y pregúntense qué pueden hacer para mejorar el mundo.

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