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Tiempo de Silencio, de Luis Martín-Santos

Tiempo de silencio, de LuisMartín-Santos1. Breve biografía del autor.
Luis Martín-Santos nació en Laranche (Marruecos) en 1924. Su familia se traslada a San Sebastián cuando él cumple cinco años. Tras acabar sus estudios de Medicina en Salamanca, realizará prácticas de Cirugía en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque posteriormente, se decantará hacia la Psiquiatría. Además de este bagaje científico, procurará adquirir una formación humanista, confesándose admirador de Sartre. Luis Martín-Santos fue un hombre puesto al día en lo referente a las corrientes literarias de su tiempo, entre sus lecturas encontramos a Kafka, Faulkner, Thomas Mann, y sobre todo a Joyce. Tiempo de silencio (1962), su única novela, no fue comprendida como merecía por el público, no así por la crítica que apreció en ella un giro en la narrativa española. El paso del tiempo la ha consolidado como una de las grandes novelas del XX. De forma póstuma aparecieron dos novelas más: Apólogos (1970), una obra de relatos breves con reminiscencias kafkianas y una novela inconclusa Tiempo de destrucción (1975).

2. Contexto literario de la obra.
Tras los excesos ‘tremendistas’ de la novela de posguerra, se renueva la narrativa con las obras que aparecen a principios de los 50. La temática de la novela de Luis Martín-Santos no es novedosa y sus conexiones con La colmena (1951) de Cela están claras, sin embargo la principal aportación de Tiempo de silencio está en el aspecto formal. Como se ha apuntado por parte de la crítica especializada, desaparece ya el afán de ‘testimonio objetivo’ imperante hasta este momento, y aparece una ‘visión dialéctica de la realidad española basada en la confrontación de diferentes estratos ideológicos y sociológicos del país que se refleja en la estructura misma de la novela’, algo de indudable de corte sartriano. Esta novela que ahora tratamos es, sin duda, la obra que inicia el camino de la novela española contemporánea.

3. Comentario de la obra.
En un Madrid barojiano Luis Martín-Santos nos muestra el atraso de España para con el resto del mundo desarrollado. En nuestro aislamiento, la cultura y la ciencia se pudren en el estancamiento maloliente que impone el régimen franquista. Lo sórdido, la inmundicia humana, la hipocresía de las clases acomodadas, lo grotesco no queda en modo alguno soslayado en Tiempo de silencio.

Pocas ocasiones encontramos para reír en esta obra. A través de la ironía el autor presenta unos personajes patéticos que en algún momento pueden provocar una sonrisa aunque -debido a la pluma magistral de Martín-Santos- el lector pronto se avergonzará la ligereza con la que sonrió. La sociedad está presentada de forma desnuda, y como todo lo que sin tapujos se exhibe, choca con dureza en nuestra mente. Pero además, el autor presenta a los personajes con verdadera profundidad psicológica. Dependiendo de la perspectiva que se adopte, podremos observar la dimensión real que los personajes poseen, por un lado lo grotesco resalta si miramos desde lejos el mundo en el que viven, así, aparecen los prostíbulos, las pensiones de mala muerte, las chabolas, la miseria; por el contrario, si nos acercamos a su realidad, a sus problemas, comprenderemos que estas gentes tienen una vida, anhelan conseguir una mejoría, aunque el medio les imponga una inevitable derrota. Pedro, que así se llama el protagonista, tampoco queda libre de la dicotomía de la que hablamos pues comienza la obra con aspiraciones, su futuro está -a priori- lleno de proyectos y metas, y sin embargo, cuando nos acercamos al final de la lectura, este protagonista ha sido vencido por el medio. Como señalan Félix Grande y Alfonso Rey, en la novela se narra la aspiración y la derrota del personaje ‘con amor y amargura, pero también con ironía’. No se quiere que el lector se ‘disuelva en la indiferencia del personaje’ y el autor busca que se implique en la historia. Pedro es un pusilánime incapaz de solucionar los problemas debido a que le es imposible luchar contra el medio. El determinismo -como vemos- está presente en muchas de las obras que aparecen en el XX, si bien no debemos confundirnos, puesto que la novela naturalista dista mucho de los cánones estéticos de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX.

El autor burla a los execrables e hipócritas censores, mostrando al lector el mundo tal y como él lo comprende. El erotismo -como otros aspectos de la obra- está encubierto, pero presente; y será pasado por alto en una lectura poco atenta, sin embargo el juego de metáforas, de símbolos y sobre todo de guiños abrirá un mundo insospechado a todo aquél que lea la obra con cuidado. El lector exigente encontrará que la prosa de esta novela se enriquece con maravillosas y -al mismo tiempo- corrosivas imágenes, anáforas, alusiones, hipérboles y comparaciones. Además, la anécdota se convierte en el recurso que da entidad a la obra, aunque lo importante no es ésta en sí misma, sino el enfoque que Martín-Santos le otorga. El autor ha renunciado a ese realismo objetivista tan propio de obras anteriores para, en palabras de Lázaro Carreter, ‘someter a la realidad a una elaboración metafórica y simbólica’; y este sometimiento pasa por el tamiz de la ironía y del sarcasmo. El lenguaje de Tiempo de silencio ha sido muy cuidado por Martín-Santos, es un lenguaje muy literario, lleno de recursos y muy barroco. La frase es de tirada larga y bastante compleja en algunos puntos, algo que se siente necesario -y en modo alguno- gratuito para construir ese espacio narrativo tan irónico y corrosivo que la obra posee.

En definitiva, la obra supone el comienzo de esa experimentación formal que tanto se prodigará en la segunda mitad del XX, pero la experimentación no es vacua sino que está sustentada por el existencialismo y la crítica social. La amargura de Tiempo de silencio nos hará tomar una conciencia social que sigue siendo necesaria en la decadencia de valores que parece presidir la Posmodernidad. Una obra muy necesaria para tiempos decadentes.

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