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El camino, de Miguel Delibes

El camino, de Miguel Delibes1. Breve biografía del autor.
Miguel Delibes nació en Valladolid en 1920. Con su primera obra La sombra del ciprés es alargada (1948) gana el Premio Nadal. Las novelas de este licenciado en Derecho, gran aficionado a la caza, han tenido desde siempre muy buena acogida entre los lectores y han cosechado un buen número de galardones literarios. El camino (1950) acaparará muy pronto la admiración de la crítica y de los escritores del momento. Delibes ganó el Premio de la Crítica con la novela Las ratas (1962), obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 1982 y fue Premio Cervantes en 1993. También ha sido galardonado dos veces con el Premio Nacional de Literatura con las obras Diario de un Cazador (1955) y El Hereje (1998). En 1974 fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua. Los santos inocentes (1981), una de sus mejores obras, fue llevada al cine con gran acierto por Mario Camus. Miguel Delibes falleció en 2012. Otras obras en la larga trayectoria de Miguel Delibes son: Aún es de día (1949), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), La partida (1954), La mortaja (1970), El príncipe destronado (1974) o Diario de un jubilado (1995).

2. Contexto literario de la obra.
En estos primeros años de posguerra se percibe la búsqueda -algo desordenada- de una identidad narrativa ya que la censura y el opresor poder del Régimen impedían cualquier atisbo de libertad literaria. Con todo, aparecen en esta época varias obras importantes, es el caso de La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela y de Nada (1945) de Carmen Laforet. La narrativa que se publica en la década de los 50 tiene como rasgo fundamental el paso de esa angustia existencial de la década anterior a un realismo social con obras ciertamente importantes literatura española del siglo XX (La colmena (1951) de Cela). Esta novelística muestra -desde una perspectiva crítica- aspectos concretos de la realidad española haciendo notar su rechazo al modelo social imperante.

3. Comentario de la obra.
Miguel Delibes nos presenta una bellísima y tierna historia. El camino es una novela de ambiente rural en la posguerra española, pero sobre todo es una novela de personajes; unos personajes que -aparte de estar sólidamente construidos- reflejan a la perfección el modus vivendi de una sociedad que intentaba sobrevivir como podía en la miseria que dejó la Guerra Civil.

En esta historia de infancia -que no infantil- Delibes hace una revisión de un tema que ha sido recientemente tratado por Paulo Coelho en El alquimista; así, Daniel tiene que encontrar su camino en la vida y seguirlo si quiere ser feliz, pero se encuentra que ese camino se encuentra plagado de interferencias y distracciones que intentarán hacer que abandone la senda. De hecho, al final de la novela, el narrador nos cuenta cómo ‘Don José, el cura, dijo entonces que cada cual tenía un camino marcado en la vida y que se podía renegar de ese camino por ambición y sensualidad […] El recordar esto, Daniel, el Mochuelo, pensó qua él renegaba de su camino por la ambición de su padre’ pues él desea permanecer en ese espacio rural que en la obra se contempla desde una perspectiva intrauterina. Significa ya una toma de conciencia propia, un despertar, un primer distanciamiento de los designios paternos que le llevarán a convertirse en una persona adulta.

Digamos que El camino no tiene un único protagonista sino que tiene tres, los tres amigos que conforman el grupo de chiquillos que hacen de las suyas según van descubriendo la vida en un espacio narrativo cerrado que es más complicado de lo que a priori pudiera parecer. A medida que la novela transcurre, observamos que el centro de atención se desplaza progresivamente desde el mundo infantil de los tres personajes a los correctos y perspicaces raciocinios que Daniel hace del mundo de los mayores, sin embargo -y a pesar de que estos juicios son ciertamente incisivos- el escritor no permite que conozcamos el desarrollo psicológico completo de estos personajes y acaba la novela cuando tienen la pubertad en ciernes, pues a Delibes no le interesa abordar los reveses con los que la vida nos despierta violentamente de las cálidas sábanas de la infancia porque desvirtuaría el propósito inicial de la obra.

En este marco narrativo el autor aprovecha para burlarse de aquellas personas -acólitos convencidos- que siguen al pie de la letra los insolidarios designios que la iglesia intentaba imponer -e imponía- en aquella sociedad que la dictadura propició. Así, Miguel Delibes nos presenta a las Guindillas, personajes que llevarán a la práctica los actos que al párroco le gustaría pero que, inteligentemente, deja a otros y que terminan bebiendo de su propia e injusta medicina.

Compartimos el pensamiento de Nora y Benet que dicen que ‘esta mirada limpia, fresca, tan equidistante de una morbosidad obsesiva como de cualquier noñez o mojigatería, es un acierto sustancial del novelista’. Un novelista que ha sabido ganarse el cariño de los lectores con su buen hacer en general y con esta pequeña gran obra de arte en particular.

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