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Días de cuentos

Los que me conocen saben que soy persona de poco dormir. Es muy frecuente que cuando todos se han acostado yo me quede trasteando en el despacho tecleando hasta altas horas o sacando libros de la biblioteca para leer fragmentos, copiar alguna cita o preparar mis clases de literatura. Cuando los huecos en los anaqueles que dejan los libros cubriendo la mesa se van haciendo evidentes, cuando llega la hora en la que el sueño vence a la voluntad, no suelo recoger los volúmenes extraídos pues me gusta encontrarme con que, al amanecer el día, el sol ilumina el escritorio rebosante de la literatura que me acompañó por la noche. Es la constatación que las historias leídas durante la noche siguen existiendo cuando nos abandona la complicidad que da la oscuridad nocturna.

Hace poco, en una de estas noches, por alguna razón, quizá buscando rememorar esa sensación nerviosa que uno vive cuando te cuentan un relato lleno de hechos increíbles en el que la imaginación lucha por extraer algún detalle nuevo de una historia ya conocida, saqué un libro muy especial para mí, el libro de cuentos que mi madre usaba para contarme historias cuando yo era pequeño y que yo también usaré para contárselas a mis hijos.

Los cuentos de los hermanos Grimm

Es un grueso volumen de cuentos de los hermanos Grimm, editado por la editorial Labor a mitad del siglo pasado. Es quizá el libro con el que más tiempo he pasado a lo largo de mi vida, leído, releído cientos de veces y el que, sin duda, motivó que yo comenzara a escribir y a interesarme por los relatos de aventuras y misterio de Stevenson, Verne, James, Doyle, Wells, Lovecraft, Dahl, Blyton, Ende o Durrell. Curiosamente, todos extranjeros, curiosamente, en este país nuestro, y por alguna razón, al relato de viajes, de aventuras, no se le ha prestado demasiada atención. Pareciera que los escritores, en muchas ocasiones, hayan olvidado que, ante todo, son contadores de historias y, a pesar de ser filólogo y profesor de literatura, no entendí nunca que el de aventuras fuera un género considerado, en muchas ocasiones, como secundario y hasta marginal, incluso, también, por gran parte de la crítica.

Y cuento todo esto porque acabo de ver el excepcional reportaje sobre Ana María Matute, ‘La niña de los cabellos blancos‘, la gran contadora de historias de nuestras letras, que La 2 emitió hace unos días y que ya se puede encontrar en su web. Al finalizar, he vuelto a mirar al volumen de cuentos de Grimm que reposa, desde hace días, sobre mi escritorio. Lo he abierto por una página al azar y he comenzado a leer…

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