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Lírica española de tipo popular, (antología)

1. Breve biografía del autor.
La lírica popular es esencialmente anónima por pertenecer al reino de la oralidad. Las canciones se transmiten de boca en boca sin estar fijadas en ningún pliego o recopilación; así, según se cantan, el juglar va introduciendo variaciones voluntarias o involuntarias que las hacen evolucionar y adaptarse a cada auditorio. Con la lírica popular, ocurre lo que con los romances, pues cuando el filólogo copia el poema para fijarlo en una recopilación, lo que en realidad está haciendo es tomar una fotografía de la letra de la cancioncilla en un momento determinado de su vida, tras lo cual, los cantores seguirán cantándola y cambiándola a placer. Esto es así porque pertenece a la tradición oral y, paradójicamente, en el momento en el que se transcribe, el poema oral muere, pues se le despoja de la música y se le impone un esquema fijo.

2. Contexto literario de la obra.
En el siglo XI conocían las letras castellanas sus primeras manifestaciones escritas atendiendo a la progresiva e imparable sustitución del latín vulgar por la lengua romance. Los primeros manifiestos en romance nos vienen sobre todo por documentos notariales que, escritos en latín vulgar, poseen, bien por descuidada necesidad, bien por ignorancia, voces y construcciones en romance. El primer texto en el que aparece la lengua romance usada como tal de un modo consciente son las Glosas emilianenses (siglo X). Las jarchas son trascritas desde el siglo XI hasta el XIII, las cantigas d’amigo son del siglo XIII y el villancico del XV. Debemos suponer que todas ellas hubieron de aparecer mucho antes puesto que existen relevantes semejanzas entre unas y otras, lo que demuestra que proceden de una lírica común anterior. La jarcha más antigua que se conoce data de 1042.

3. Comentario de la obra.
Como nos cuenta la editora de la antología, Margit Frenk, el poeta árabe Mocádam de Cabra creó en el siglo IX la denominada muwashaha o moaxaja. La moaxaja es una composición cuyo único fin es el de crear un marco para una composición preexistente llamada jarcha. Sorprende que, en ocasiones, la temática de la moaxaja apenas coincida con la de la jarcha. Para unirlas el poeta ha de hacer uso de recursos tales como las comparaciones y los versos de transición. La moaxaja supone el punto de contacto entre árabes y judíos y, por lo tanto, encontramos moaxajas escritas tanto en hebreo como en árabe. Las jarchas son composiciones brevísimas (apenas tres o cuatro versos) de tema amoroso con una sintaxis muy sencilla en donde predomina la yuxtaposición. Varios personajes aparecen de forma recurrente como puedan ser la madre y la hermana (a modo de cómplice y confidente de la muchacha). Además, la omisión de tiempo y lugar permite que estas composiciones nos muestren sentimientos puros pues no tenemos un marco ambiental que nos distraiga de lo que se cuenta. Las jarchas preexistían a las moaxajas y siempre se dijo que estaban escritas en árabe vulgar. Esto al menos hasta que, un estudioso, el hebraísta Samuel M. Stern dio a conocer una veintena de jarchas escritas en lengua romance engastadas en moaxajas hispano-hebreas. Esto puede deberse a que -según Stern- los pueblos invasores que se instalaron en la península no traían mujeres y los matrimonios que se establecieron fueron mixtos. Así, el lenguaje familiar fue el mozárabe, lenguaje mediante el que se transmitió la lírica tradicional. Las transcripciones actuales de las jarchas no se pueden considerar sino meras aproximaciones pues se ha demostrado que, en gran parte de las ocasiones, las composiciones contaban con importantes errores de impresión.

En la antología podemos encontrar otro tipo de composiciones: las cantigas d’amigo. Composiciones de carácter popular caracterizadas por el uso del lexa-pren (recurso estilístico consistente en retomar el verso final de una estrofa para colocarlo en el primer verso de la siguiente). Al contrario que en las jarchas, en las cantigas d’amigo el paisaje aparece con una marcada función simbólica, incluso cuando -aparentemente- no se habla del amado. En palabras de Margit Frenk: ‘La humilde sumisión del poeta a la mujer, siempre altiva y deseñosa, el sentimentalismo razonador [y] la compleja versificación dominan’ buena parte del corpus de cántigas. Estos elementos propios del amor cortés se trocan para mostrar los hondos lamentos que la amada -en muchas ocasiones- dirige al mar sobre la ausencia o la infidelidad del amado.

Por último, hablaremos de los villancicos castellanos. Se supone que se cantaban ya en el siglo XIV. Poseen temática amorosa y suele describirse más al personaje femenino que al masculino. Uno de sus elementos más característicos es la capacidad de sugestión. Es el lector quien debe reconstruir, en gran medida, la historia que se cuenta.

La literatura popular medieval es de una belleza y una musicalidad que nos embriaga dulcemente. El erotismo está presente en muchas de estas composiciones que, no lo olvidemos, son la letra de las canciones que cantaba el pueblo mientras trabajaba o mientras compartía sus escasos ratos de ocio. Ese erotismo entra, en muchas ocasiones, de lleno en el ámbito del pecado en una época de profundo sentimiento religioso, como se puede ver en esta famosísima composición: ‘No me las enseñes más, / que me matarás. / Estávase la monja / en el monesterio, / sus teticas blancas / de so el velo negro. / Más, / que me matarás’. Estoy seguro que el lector disfrutará con la lectura de esta antología de lírica popular, pues las composiciones que contiene son, simplemente, maravillosas.

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