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El Aleph, de Jorge Luis Borges

1. Breve biografía del autor.
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires (Argentina) en 1899. Comienza a escribir a edad muy temprana y a los diez años ya ha publicado. De 1914 a 1921 vive con su familia en Italia, Suiza y España. Será en nuestro país donde tome contacto con las corrientes vanguardistas que tan de moda estuvieron en los primeros pasos del siglo XX. Aunque Borges apoya, en un principio, la dictadura argentina, posteriormente se retractará. Este apoyo inicial será una barrera que le impedirá obtener el Premio Nobel de Literatura porque la Academia no se lo concede argumentando razones políticas en las varias ediciones que su nombre suena como candidato. Borges publica El Aleph (1949), una de las obras ‘cumbre’ de la Literatura del siglo XX. En 1955 es nombrado director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Jorge Luis Borges queda completamente ciego en 1956 y ha de dictar sus obras a amigos suyos, como por ejemplo el escritor Adolfo Bioy Casares. En 1979 recibe el Premio Cervantes. Jorge Luis Borges falleció en 1986 arropado por el amor de su tercera mujer, María Kodama. Otras obras del autor son: Fervor de Buenos aires (1923), Cuaderno de San Martín (1924), Luna de enfrente (1925), Inquisiciones (1925), Ficciones (1944).

2. Contexto literario de la obra.
El denominado ‘Boom de los 60’ está próximo y a mediados de siglo encontramos claros antecedentes de la explosión cultural que está a punto de ocurrir, nos referimos a obras de una calidad excepcional, tales como El señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, El túnel (1948) o El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), las dos últimas del mexicano Juan Rulfo. La obra de Jorge Luis Borges que ahora tratamos es otro de esos antecedentes y, parece mentira, pero fueron los franceses los que primero tomaron en consideración la obra de Borges calificándola de esencial en la literatura del siglo XX. La narrativa hispanoamericana rompe definitivamente sus fronteras y sale al exterior donde es recibida con verdadero asombro y deleite. Debemos destacar que los escritores argentinos tendrán un papel preeminente. Todo el mundo se hace eco de los hallazgos que se consiguen en esta época.

3. Comentario de la obra.
Durante mucho tiempo se dijo que Borges era un filósofo que escribía literatura, pero la verdad es que Borges nunca se consideró a sí mismo filósofo, sino lector de filosofía (con Schopenhauer como uno de sus preferidos). Nosotros preferimos considerar a Borges como un escritor que escribía sobre filosofía. Como muy acertadamente apunta Michael Rössner, ‘Borges utilizaba la filosofía y luego la dejaba atrás como se usa una escalera para ascender’. El autor busca siempre la complicidad del lector para plantear una solución a un problema que -en principio- dista mucho de tenerla. Todos sus cuentos -y no sólo los que aparecen en El Aleph- dejan siempre un poso de conocimiento en aquél que los lee. Esa aparente simplicidad con la que Borges nos subyuga es una taimada trampa que nos maravilla y enriquece por igual. El novelista Carlos Fuentes acertó de lleno cuando dijo que ‘Borges, como narrador urbano, abandona la descripción a favor del sueño’.

En este volumen de relatos podemos leer ‘El Aleph’, cuento que da nombre a la obra, se trata de una narración fantástica (con abundantes elementos realistas) que incluye una crítica a ciertas formas literarias. Augusto Monterroso ha visto en La araucana de Ercilla un antecedente de ‘El Aleph’. En esta obra de Ercilla, el narrador hace una visita a un mago que tiene una manzana en la que se ve la inmensidad del mundo. Sin embargo, en el relato de Borges, observamos una parodia a la literatura fantástica tradicional (en la que se tomaban pociones antes de presenciar hechos fantásticos); ahora, por el contrario, el protagonista se toma un coñac barato antes de ver el Aleph. En realidad, ‘El Aleph’ no es un relato amoroso, ni una crítica a los malos poetas, ni un relato al modo de Poe, ya que no cumple el requisito de que todo en él vaya encaminado hacia el asunto central. Muy al contrario, Borges crea puntos de dispersión, esto es, un asunto central rodeado de pistas falsas. En el relato, como en toda la obra, hay multitud de elementos que ponen de relieve la erudición del autor. En algunos cuentos de Borges esta erudición aparece como un juego (para algunos críticos es un modo de rebelarse contra la vanguardia), aunque, otras veces, se hace un uso paródico o irónico (como en es el caso de ‘Pierre Menard, autor del Quijote’).

Es importante decir que la obra posee dos miniaturas (cuentos hiperbreves que condensan una enorme carga argumental y estilística) de una calidad literaria excepcional. Son -a pesar de su exigua extensión- dos incuestionables obras de arte, los cuentos a los que nos estamos refiriendo son: ‘La casa de Asterión’ y ‘Los dos reyes y los dos laberintos’, ambos de final sorprendente. Llegamos así a los temas que reiteradamente encontramos en la obra de Borges (mitologías, laberintos, espejos, sociedades secretas, entre otros).

La lectura de Borges es muy exigente. El lector que decida enfrentarse a los textos borgeanos debe contar con una buena base cultural si verdaderamente quiere disfrutar de la ingente cantidad de saber que encierran. No debe esto amedrentarnos puesto que, en verdad, merece la pena. Leer a este autor que ahora tratamos nos acercará a la mitología, a la historia y lo que es más importante, a la misma Literatura.

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