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Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz

1. Biografía del autor.
Juan de Yepes y Álvarez nace en Fontiveros (Ávila) en 1542. Tras realizar tareas como enfermero en el hospital de Medina ingresa en la Orden de los Carmelitas. Tras superar con éxito los estudios de teología se ordena sacerdote en 1567 y adopta el nombre de Juan de la Cruz. En 1568 funda el primer convento de los Carmelitas Descalzos. El religioso apoya firmemente la reforma que quiere realizar Santa Teresa de Jesús en la Orden para restaurar sus propósitos originales. Esto le genera no pocas enemistades pasando incluso nueve meses en el cadalso en un convento de Toledo; de su penosa prisión nace Cántico espiritual. Sus amigos promovieron su huida de prisión de la que consigue escapar para refugiarse en un convento de Jaén, donde continúa la tarea de reformar la orden por lo que es encarcelado de nuevo. San Juan de la Cruz falleció en Madrigal de las Altas Torres en 1591 tras una larga agonía provocada, en parte, por sus cuidadores. La Iglesia lo canonizaría 135 años después.

2. Contexto literario de la obra.
En un primer lugar, hemos de diferenciar entre mística y ascética. La ascética supone un esfuerzo personal que posee el objetivo de lograr la máxima perfección del espíritu mediante la práctica de las virtudes y el domino de las pasiones, con la ayuda de Dios. Por el contrario la mística aspira a un fin más alto, a la íntima unión del alma con Dios, anticipando en lo posible la absoluta beatitud, que sólo se alcanza plenamente en la otra vida. Para ello se ha de pasar por tres estadios o vías. La vía purgativa, en la que el alma se purifica de sus vicios, esta vía es propia de la ascética. La vía iluminativa, donde el alma, libre de los defectos, comienza a gozar de la presencia divina y por último la vía unitiva en la que se produce la íntima unión con Dios. Estas dos vías pertenecen a la mística. Una vez diferenciado esto, situemos a los escritores: Fray Luis de León es un asceta y Santa Teresa y San Juan de la Cruz son místicos.

3. Comentario de la obra.
Es curioso, hay escritores que se pasan la vida escribiendo miles de folios, publicando decenas de libros, metiéndose en todos los saraos, polémicas y demás batiburrillos del mundo de las letras para, después, no ser recordados más que por sus allegados y acólitos. Por el contrario hay otros escritores que, con apenas unas páginas, han pasado a la historia de la literatura generando una corriente fluida y continua de crítica literaria que analiza y estudia su obra de forma apasionada. Bien es verdad que esto se ha producido en muy contadas ocasiones a lo largo de los siglos, pero San Juan de la Cruz es uno de esos casos.

Cántico espiritual, al que su autor solía referirse como Canciones de la esposa, es su poema más extenso y bebe directamente del libro bíblico El cantar de los cantares. San Juan nos cuenta cómo la dama ha sido abandonada por su esposo y emprende una búsqueda para encontrarse con él para que se produzca la unión mística. A pesar de su enorme belleza es un texto complicado que exige al lector una lectura en extremo atenta en una edición crítica lo suficientemente solvente como para entender medianamente lo que San Juan nos brinda en estos excepcionales versos. Tal es así, que el propio San Juan glosó el poema pues, como muy bien nos dice Cristóbal Cuevas García, ‘el verso, en resumidas cuentas, es una síntesis mística existencial, que expresa en cifra lírica lo que luego conceptualizarán, aunque sólo en parte, los comentarios’.

El poema se organiza como una égloga pastoril (égloga divina, como se la ha calificado) -en un obligado escenario idílico reminiscente de platonismo- que posee una tensión emocional y una expresividad muy superiores a cualquier otro poema escrito en la época. Cántico espiritual es un poema mucho más simbólico que metafórico donde predomina la acción, la consumación del encuentro amoroso. Sobre este aspecto, hemos de decir que la obra posee un marcado carácter erótico, tal es así que José L. Aranguren escribió que ‘a través del sexo y de la comunión sexual, vivida en toda su hondura, hay una búsqueda, un afán de lo absoluto, de trascendencia del finito yo y, en sentido amplio, de religiosidad mística’. La naturaleza se presenta como una amplificación de lo que aparece en El cantar de los cantares. Esta naturaleza habla con los protagonistas, algo que no aparecía en Garcilaso, donde el pastor hablaba a la naturaleza sin esperar respuesta.

Es importante señalar el desorden expositivo que caracteriza a este poema, pues la estructura de la obra no parece estar planificada de antemano por San Juan de la Cruz, sino que parece que el poema brote de forma espontánea de la mente de su autor; sin embargo, sí hemos de decir que cada estrofa sigue un preciso esquema doctrinal. Las mayores dificultades con las que se encuentra el lector radican en la marcada ambigüedad con la que está escrito, puesto que muchas veces no sabemos si es el esposo o la esposa quien habla debido a los rápidos cambios de interlocutor. Pero, lo verdaderamente importante de la obra es el valor connotativo que adquieren las palabras y, sin duda, es aquí donde se encuentra gran parte de la belleza de este poema.

Es completamente imposible realizar un estudio medianamente serio en tan poco espacio, pero basten, quizá, estas escuetas líneas para que el lector ocioso se acerque a estas páginas místicas que tanto han influido en la historia de la literatura. Leer Cántico espiritual supone un notable esfuerzo que no nos ha de amedrentar, pues mucho mayor es el esfuerzo que hay que realizar para terminar muchas de las obras que se publican hoy en día. Volvamos por un instante a los clásicos, volvamos a San Juan.

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