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Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena

1. Breve biografía del autor.
Juan de Mena nació en Córdoba en 1411. No sabemos mucho de la vida del autor pero sí nos han llegado noticias en las que se nos informa de que estudió en Salamanca y, posteriormente, en Italia bajo la protección de Juan de Torquemada. Al regresar, el rey Juan II lo nombró Secretario de Cartas Latinas. En agradecimiento, Juan de Mena le dedicó su obra más famosa: Laberinto de Fortuna (1444). Este buen amigo del Marqués de Santillana realizó una importante labor literaria traduciendo Ilias latina, de autor anónimo, con el nombre de Ilíada, en romance. Juan de Mena se casó con una mujer cuya identidad ha suscitado cierta controversia en la crítica aunque, hoy en día, se acepta que tuvo dos esposas. Sin embargo, su último matrimonio apenas duró un año pues el autor falleció al poco tiempo en Torrelaguna en 1456.

2. Contexto literario de la obra.
Hasta la segunda mitad del siglo XIV, la poesía había sido compuesta en gallego-portugués, mientras que el castellano se destinaba a otros menesteres. Sólo a partir de mediados de dicho siglo comenzarán los trovadores cultos a utilizarlo en sus poemas. Estas composiciones nos han llegado en unas recopilaciones llamadas cancioneros, siendo los más importantes el Cancionero de Baena y el Cancionero de Estúñiga. Juan de Mena, como escritor culto que fue, recibe la influencia de los grandes poetas clásicos: Ovidio, Virgilio, Lucano y de otros más cercanos a su momento histórico, como Petrarca, Dante o Bocaccio. Laberinto de Fortuna (1444) es el poma épico culto más importante de toda la literatura de este periodo. En su época, casi todos los escritores coinciden en alabar esta maravillosa obra. Posteriormente, escritores como Juan de Valdés rechazará en su Diálogo de la lengua (1535) la arcaica sintaxis de la que hace gala la obra. A Juan de Mena, además, se le atribuye la autoría del primer acto de La celestina (1507) de Fernando de Rojas, quien afirmó haber encontrado el primer acto y que, tras haberlo leído, tanto le gustó que decidió continuarlo. Sin embargo, en la actualidad, la crítica desecha tal idea.

3. Comentario de la obra.
A lo largo de sus 297 coplas de arte mayor, el autor muestra cómo la Fortuna y la Providencia influyen en la vida de los hombres. Este gran poema de corte alegórico no es una lectura fácil pues su oscuro estilo -motivado por la pretensión de crear un castellano latinizado, como veremos más adelante- y por los numerosos elementos cultos que contiene puede llegar a desesperar al lector poco instruido.

El poema comienza con el poeta en el palacio de Fortuna en donde contempla tres grandes ruedas que simbolizan las distintas edades del hombre. Dos están quedas (la del pasado y la del futuro) mientras que la rueda del presente siempre está girando. En cada una de estas ruedas se distinguen varios círculos que corresponden a determinadas virtudes y vicios. Basándose en la disposición de estas ruedas y círculos, el poeta determina la estructura de Laberinto de Fortuna y, quizá, sea éste el momento en el que más se percibe la influencia del autor de la Divina comedia. Tras la lectura de la obra, podríamos pensar que se trata de una mera sucesión de episodios aparentemente inconexos pero no es así. Uno de los más firmes propósitos de Juan de Mena era el de inspirar el sentimiento de una Castilla fuerte y unida y, como señala John G. Cummins, al sentimiento de unidad política se le une la potenciación del castellano como lengua de uso y cultura. Así, en el momento en el que Juan de Mena escribe la obra, el castellano no se considera todavía, a pesar de los esfuerzos de Alfonso X, el Sabio, una lengua de cultura como lo pudiera ser, en la época, el griego o el latín. Sin embargo, no estamos ante un autor que pretenda revolucionar el castellano, por el contrario, imita las construcciones sintácticas latinas con la pretensión de elaborar un lenguaje que asimile la grandeza estilística del latín. De hecho, muchas de estas construcciones y voces latinas debieron resultar notablemente extrañas para quien leyese, en aquellos días, Laberinto de Fortuna. Además, resulta desconcertante el uso que el autor hace de otra clase de palabras, éstas de índole vulgar, que chocan con el fuerte espíritu latinizante del texto. Con todo, la pretensión culta de Mena hace que la acumulación de recursos expresivos le otorgue a la obra un carácter recargado (a veces en exceso). De entre estos recursos destacaremos las construcciones absolutas, la utilización de perífrasis, el hipérbaton y gran cantidad de citas que nos remiten al mundo antiguo. En palabras de José García López, el estilo de la obra se resume en tres palabras: ‘vigor, cultismo y sonoridad. El arte de Juan de Mena ofrece una vigorosa fuerza expresiva sobre todo cuando se aplica a escenas intensamente dramáticas’.

Aunque Laberinto de Fortuna no posee la densidad de la poesía de Dante, lo cierto es que la belleza de sus estrofas y, muchos de sus pasajes revelan una actitud crítica nada desdeñable ante los problemas de su tiempo. Así, el poema se mueve en tres planos distintos, el filosófico en el que sobresale el tema de la Fortuna y la Providencia en la vida de los hombres, aunque el fin último del hombre es la voluntad de Dios, no la de la Fortuna, lo que nos lleva al segundo plano, el ámbito religioso. Finalmente, el tercer plano está encuadrado en el ámbito político: se propone conseguir el apoyo del rey para Juan de Luna y fomentar la idea de una monarquía fuerte, pues el autor piensa que la patente división de poder en el seno de la nobleza impedía concentrar el poder militar contra la dominación árabe.

Laberinto de Fortuna fue el gran poema de su tiempo; obra densa y oscura para el lector actual que requerirá de una buena edición crítica si éste desea comprenderlo mínimamente. Con todo, es ésta una obra imprescindible en el haber literario de cualquier interesado por los clásicos, ahora que tanto se habla de volver a ellos, visto lo visto en el panorama literario español actual.

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