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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

1. Breve biografía del autor.
Julio Llamazares nació en Vegamián (León) en 1955. Se licenció en Derecho pero, profesionalmente, se ha dedicado al periodismo y a la literatura. Se inició como poeta en La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982) atrayendo el interés de la crítica. Luna de Lobos (1985) es su primera novela que, lamentablemente, pasó desapercibida. Será con La lluvia amarilla (1988) cuando se dé a conocer para el gran público obteniendo excelentes críticas. Sin embargo Llamazares no es un escritor de masas, cosa que, tal vez, tengamos que agradecer pues, al no estar condicionado por el mercado editorial, es más libre de escribir a su antojo; y la verdad es que lo hace bastante bien. Otras obras del autor son: El río del olvido (1990), Escenas del cine mudo (1994), Tras os montes (1998), Tres historias verdaderas (1998), Los viajeros de Madrid (1998) y El cuaderno del Duero (1999).

2. Contexto literario de la obra.
Quizá, decir que La lluvia amarilla (1988) es una isla en el océano sea algo arriesgado, pero lo cierto es que esta novela brilla con luz propia en un panorama literario ciertamente sombrío. La literatura de los 80 no se caracteriza precisamente por haber dado grandes obras, pero en el frenético maremágnum editorial sobresalen algunos títulos que sí son merecedores de atención, verbigracia: Los santos inocentes (1981) de Miguel Delibes, La ciudad de los prodigios (1986) de Eduardo Mendoza, Filomeno a mi pesar (1988) de Gonzalo Torrente Ballester, o Todas las almas (1989) de Javier Marías. Esta nueva hornada de novelistas no parece tener rasgos estilísticos comunes entre sí, aunque, inevitablemente, la falta de perspectiva histórico-literaria nos impide extraer líneas narrativas que clasifiquen la literatura de esos años.

3. Comentario de la obra.
La lluvia amarilla es un libro sorprendente, es una de esas novelas con las que uno se topa sin saber muy bien cómo y nos atrapa inmediatamente quedando fascinados tras leer las primeras páginas. Esta obra es una llamada de atención, pues el frenético ritmo impuesto por la sociedad de consumo finisecular hace que nuestra cultura se desprenda -como si fuese una molesta carga- de esa España rural que ahora languidece en el olvido. De hecho, de todos es sabido que muchos pueblos enmohecen mientras contemplan, en su decrepitud, cómo son paulatinamente abandonados. Tal es el caso del pueblo natal de Julio Llamazares y el caso también del apartado pueblo oscense en el que transcurre la novela, Ainielle, que, por cierto, se ha convertido en un lugar de peregrinación de todos los entusiastas de Llamazares.

El primer capítulo fue en su origen un cuento que el autor guardó y, tanto le gustó que, posteriormente, quiso ampliarlo hasta darle la forma de una novelita. Los lectores hemos de felicitarnos por tal idea ya que el resultado es una genial obra de arte. El título de la obra resume la intención del autor. Esa lluvia amarilla que cae lenta pero inexorablemente simboliza el paso del tiempo, es una lluvia que oxida y destruye lentamente Ainielle y a su último morador. Es el tiempo que ‘fluye igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración’ y cuando queremos darnos cuenta es ‘tarde ya para intentar siquiera rebelarse’ pues Cronos siempre gana porque nada hay inmortal en esta tierra. Así, al igual que la lluvia amarilla cae sobre Ainielle, también cae en otros muchos pueblos españoles; y al igual que el protagonista, otros muchos se quedan en ellos para, inútilmente, intentar salvarlos de su abandono.

Aunque pudiera parecerlo, éste no es un relato de fantasmas, ni en él hay rastro alguno del ya agotado realismo mágico, así, La lluvia amarilla está más cerca del relato psicológico a la manera de Henry James en Otra vuelta de tuerca. Ainielle es un pueblo que progresivamente va perdiendo sus habitantes, que se van en un continuo goteo produciendo, en los que se quedan, una doliente amargura. Los fantasmas que visitan al protagonista no son errantes espíritus ectoplásmicos, sino más bien, enfermizas producciones de la mente del personaje. El monólogo interior que conforma la obra -un monólogo desesperanzado debido al aislamiento que sufre el protagonista y que le hará enloquecer- hace que ese mundo interior del protagonista sea total y comprenda todo el universo narrativo de La lluvia amarilla.

El poético lenguaje de la novela está impregnado de nostalgia, es una continua mirada atrás en la que se busca algo que se perdió no se sabe muy bien cuándo. Este lenguaje posee una fuerza narrativa que no dejará indiferente al lector.

La lluvia amarilla tiene un encanto al que nadie se puede resistir. Es un libro que nos acerca a la tristísima realidad del abandono, del olvido y de la que surge un héroe que se resiste a entregar toda su vida y la de sus antepasados. Todo es inútil, el paso de ese tiempo que todo lo oxida y corroe terminará por hundir todas y cada una de las casas de Anielle mientras cae una lluvia amarilla que convertirá nuestros recuerdos, nuestras vidas, nuestros pueblos en ‘tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada’. Nuestra historia se está desmoronando y Llamazares ha conseguido llamar nuestra atención con una magistral obra que, a buen seguro, entrará en la Historia de la Literatura Española.

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