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Hasta el fin de los cuentos, de José María Conget

1. Breve biografía del autor.
José María Conget nació en Zaragoza en 1948. Se licenció en Filosofía y Letras. Tras viajar por Latinoamérica se instaló en la milenaria ciudad de Cádiz. Su primera novela es Quadrupedumque (1981). Conget siempre ha pasado inadvertido para el gran público aunque todos aquellos que tienen la oportunidad de leer una de sus novelas se enamoran de su literatura. Hasta el fin de los cuentos (1998) pasó igualmente inadvertida para el gran público, aunque poco a poco parece abrirse hueco entre un grupo de lectores que gustan de la buena literatura y que reivindican un espacio para los muy injustamente llamados escritores de segunda fila pues algunos merecen bastante más atención que muchos de los escritores que están en el candelero literario. Tras residir por razones de trabajo en la capital de Gran Bretaña, se instaló en Nueva York para trabajar en el Instituto Cervantes. Otras obras del autor son: Gaudeamos (1986), Todas las mujeres (1990) o Palabras de familia (1995).

2. Contexto literario de la obra.
El autor es uno de los grandes escritores de final de siglo en cuanto a Literatura Española se refiere, lástima que el mercado mediático intente imponer a la masa lectora a más de un fantoche atolondrado que se contenta con escribir casi, para pasar el rato. Por el contrario, autores como el presente, y otros como Juan Manuel de Prada, Javier Marías, o Carlos Ruiz Zafón están decididos a que algo cambie en el panorama literario español. En fin, el lector habrá de esforzarse para encontrar buenas obras literarias que llevarse a la boca y no dejarse engañar por cierta crítica ‘especializada’ que parece no querer otra cosa que publicitar los libros de su propio grupo mediático. Las cosas son así, para qué engañarnos y, seamos francos, el último cuarto de siglo XX no ha dado grandes novelas, literariamente hablando, y sí ha dado grandes bodrios insoportables. Afortunadamente, ahí, escondidas entre la maleza, se halla un escueto grupo de magistrales obras que están esperando a que alguien las descubra y las saque a la luz. Es el caso de José María Conget y Hasta el fin de los cuentos (1998).

3. Comentario de la obra.
Nos encontramos ante una obra de bellísima factura y que estará, seguro, en los manuales de Historia de la Literatura (con el tiempo y con el consentimiento de ese sector de la crítica literaria tan cínico y pacato). Me atrevería a decir que estamos ante una de las diez mejores obras finiseculares de la Literatura Española, y aunque se titule Hasta el fin de los cuentos, no es un volumen de relatos al uso, los diversos cuentos que contiene son en realidad el mismo, es decir -como dice mi querido Sergio Casquet, escritor y crítico (tal vez uno de los más sinceros y válidos que haya en todo el país)- nuestra vida se estructura como una sucesión de cuentos entrelazados y complementarios porque es así como nos la contamos a nosotros mismos, pues ‘la vida es cuento y los cuentos, cuentos son’.

Desde luego, que la lectura de esta obra es en extremo deleitosa, sólo apta para el fino paladar literario de los muy leídos, y aunque defendí durante bastante tiempo que la literatura debía considerarse puro escapismo, el escapismo está, para cada uno, en un sitio diferente y los que hayan limitado sus lecturas al vodevil y la literatura folletinesca no lograrán apreciar ese sabor finísimo que esconde Hasta el fin de los cuentos. La literatura de José María Conget versa sobre la misma literatura. Así pues, las vidas de los personajes y, aun sus actos, proceden del haber literario clásico y, del mismo modo que muchas personas hacen de su vida, literatura, Conget hace literatura de la propia literatura, no como usualmente hacen los escritores, esto es, a base de metaliteratura. Toda la trama está impregnada de sus lecturas anteriores y éstas también deberían haber sido obligadas para el lector que se disponga a comenzar la lectura de Hasta el fin de los cuentos. No me entiendan mal, no es éste un libro complejo y oscuro al modo de los de Juan Benet, Marcel Proust o mi apreciado William Faulkner, pues puede ser leído sin grandes esfuerzos de comprensión, pero los guiños, la salsa que complementa este plato literario será inapreciada por los paladares menos cuidados. No quisiera que el lector pensase que el volumen de relatos que ahora comento es un compendio de perlas fruto de la pedantería más descarnada. Todo lo contrario, la cultura se desliza por las líneas de Hasta el fin de los cuentos de un modo delicioso.

Juan Bonilla es otro congetiano convencido y ambos nos preguntamos por qué Conget tiene tan pocos lectores. A los que gustamos del magistral José María Conget no nos importa mucho que sus obras no aparezcan en las -casi siempre sospechosas de amaño- listas de ventas; sabemos que la buena literatura tarda en ser reconocida y la obra de Conget es merecedora de todas las distinciones. De todos modos, me entristece que se le tenga en tan poco a este escritor, y seguro que -como en tantas otras ocasiones- tendrá que venir alguien de fuera para decirnos que aquí tenemos un escritor como pocos, un escritor que marca un antes y un después porque, tras leer cualquiera de sus obras, es muy fácil que nuestra siguiente lectura se nos antoje de una vacuidad enfermiza. Esa persona que venga de fuera, decía, nos contará que ese escritor se llama José María Conget. ‘¿Conget?’, diremos con cara de bobos y entonces… lo descubriremos maravillados.

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