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Feliz comienzo de curso

A pesar de haberme acostumbrado al lento discurrir de los largos y calurosos días de verano, a pesar de haber pasado sus noches leyendo y escribiendo hasta altas horas de la madrugada, disfrutando de la frescura que daba el mar, momentos antes de amanecer; a pesar de haber remoloneado, muchas mañanas, entre las sábanas hasta que el sol estuviera muy alto, hoy, primer día de trabajo tras las vacaciones, me he levantado considerablemente temprano. Mientras tomo el café, pienso en lo que nos deparará el nuevo curso escolar y cómo será esta primera mañana llena de exámenes de recuperación. Quizá ha sido la luz, incidiendo en un ángulo extraño, casi olvidado, perdido en la memoria de los primeros días de la pasada primavera; quizá ha sido que la agenda acaba de avisarme de que hoy tengo que atender mis primeros compromisos laborales; es posible que todo ello me haya traído a la memoria uno de los fragmentos más deliciosos del Quijote, un fragmento que resume a la perfección cómo me siento hoy.

Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. (Cap. II. 1ª parte)

El Campo de Montiel no queda muy lejos de aquí, y al igual que don Quijote salió a La Mancha con el objetivo de arreglar el mundo, salgo yo, un profesor de Lengua y Literatura, a comenzar una nueva aventura docente y es ahora, mientras me cuelgo del hombro mi cartera y presiono el botón de ‘Publicar’ esta entrada, cuando os deseo un muy feliz comienzo de curso. Me voy al colegio.

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