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El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio

1. Breve biografía del autor.
Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma en 1927. Su padre, el escritor Rafael Sánchez Mazas -que volvió a estar de actualidad por el polémico Soldados de Salamina (2001) de Javier Cercas- fue el fundador de la Falange Española. Ferlosio es un escritor fundamental de la generación del 50. Escribió Industrias y andanzas de Alfanhuí (1952), y ganó el Nadal con El Jarama en 1955 y el Premio de la Crítica en 1956. Tras alguna novela más (Testimonio de Yarfoz (1986), escrita a finales de los 60) opta por abandonar la creación literaria y prefiere dedicarse al ensayo con notables logros. Uno de sus últimos trabajos ensayísticos es El alma y la vergüenza (2000) que recibió muy buenas críticas por parte de la prensa especializada. Otros libros publicados por Sánchez Ferlosio son: La homilía del ratón (1986), Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993) o ‘Guapo’ y sus isótopos (2009)

2. Contexto literario de la obra.
En los primeros años de posguerra la novela fue poco cultivada. Será a partir de 1945 cuando una serie de autores comiencen a publicar libros en prosa. Autores como Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Laforet o Ana María Matute intentarán reflejar la cruda realidad de una España triste y apagada sin usar artificiosos recursos estilísticos, cayendo, eso sí, en el subjetivismo. Hacia 1955 una nueva generación literaria persigue a toda costa realizar una fotografía de la sociedad española de la época, las descripciones se vuelven breves y pierden peso específico en las novelas de este periodo; se llega así a la denominada ‘novela social’. Según nos acercamos a la década de los 60 y con la aparición de Tiempo de Silencio (1961) de Luis Martín Santos, los escritores comenzarán a buscar nuevas formas de expresión debido al agotamiento de las fórmulas literarias anteriores.

3. Comentario de la obra.
Indiscutible clásico de la posguerra española, esta joya literaria narra las peripecias de un grupo de jóvenes obreros madrileños que van a pasar un domingo al Jarama. El Jarama es, sobre todo, diálogo, algo que agradaría sin duda al bueno de Unamuno, un diálogo que acapara las dos terceras partes de la obra. La novela -un sobresaliente ejercicio lingüístico- tiene una prosa deliciosa que hipnotiza al lector desde los primeros compases para descubrir luego toda su fuerza narrativa. Los personajes quedan presentados a través de sus propios parlamentos y no hay en toda la obra un solo comentario del narrador acerca de sus pensamientos o de sus vidas, la realidad, presentada a sí misma, posee una fuerza insospechada y, al terminar la lectura, percibimos lo que nos quiso mostrar el autor: la existencia de una juventud sin ilusiones sumida en el anodino y cansino ritmo de trabajo.

Según afirma el autor, él ‘sólo quería hacer una novela en la que todo estuviera al servicio del habla’. El lenguaje empleado por los personajes es ciertamente decadente y revela la falta de inquietudes culturales y sociológicas de los protagonistas, porque su única inquietud es pasar lo mejor posible el día de descanso. Se ha dicho muchas veces que parece que Sánchez Ferlosio hubiese usado una grabadora para radiografiar la jerga de la juventud de la época, nada más lejos de la realidad, pues el lenguaje oral posee una variedad de registros, silencios, vacilaciones que no se refleja en la obra, comprobamos así, la maestría del autor para acercarnos y hacer que sintamos vivo todo ese lenguaje lleno de giros lingüísticos y expresiones coloquiales. Las conversaciones de los personajes son triviales y como asegura García López ‘no hacen otra cosa que ensanchar durante unas horas más el atroz vacío de sus vidas’, pero no piensen, tras leer esto, que la obra pueda ser aburrida o monótona, de ningún modo. La muerte de uno de los protagonistas dará un insospechado giro a la historia.

Uno de los temas esenciales para comprender El Jarama es el transcurrir del tiempo, tanto es así que el autor aseguró en cierta entrevista que su novela era ‘un tiempo y un espacio acotados’. En efecto, las dos notas geográficas usadas por el autor a modo de corchetes y que han sido alabadas por todos los lectores (hasta el punto de tener que incluir en la sexta edición de la novela una nota aclaratoria -muy aguda, por cierto- sobre la procedencia de dichos corchetes) encuadran una historia marcada por el fluir del río, esas mismas aguas que propiciarán la trágica muerte de uno de sus personajes seguirán fluyendo hacia el Tajo ‘que se las lleva a Occidente, a Portugal y al Océano Atlántico’. Al leer la última de estas notas geográficas algo se quiebra en el espíritu de un lector que se encuentra maravillado, embelesado por la prosa, por la historia y por la maestría del escritor, comprende así, la menudez de nuestra existencia, pues el tiempo humano y el fluvial se enfrentan. Lucita muere y el Jamara sigue y seguirá fluyendo, queda contrastada la fugacidad de la vida con el imperturbabilidad de la naturaleza.

El efecto de simultaneidad en El Jarama está logrado de modo sublime, el autor nos cuenta hechos diversos que ocurren al mismo tiempo, sin caer por ello en el artificio. La narración abarca dieciséis horas en la vida de los protagonistas y debiera decir aquí que El Jarama no posee un único protagonista, sino muchos. Según los prestigiosos críticos Villanueva y Riley, con la muerte de Lucita ‘el autor no concentra sobre [ella] más atención que en los pasajes previos de la novela. Luci se convierte, sencillamente, en la preocupación principal del lector, así como se convierte en preocupación de sus amigos y de los demás presentes’. Luci, de hecho, es una chica tímida que, incluso, llega a decir ‘Yo soy muy poco interesante’.

Desde hace tiempo todos los manuales de literatura reseñan que Sánchez Ferlosio no ha vuelto a publicar novelas y que prefiere dedicarse al ensayo y, coincido con Nora y Benet en que es el suceso más desgraciado que le ha podido ocurrir a la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Tener en nuestras manos una obra como El Jamara, arte en su más pura esencia, nos ha costado perder a un magnífico novelista y ganar a un ensayista, sí, pero todos aquellos que leímos Alfanhuí, El Jarama o el Testimonio de Yarfoz tenemos cierta melancolía, algo muy nuestro se quedó en aquellas hipnotizantes narraciones y, al parecer, no volveremos a disfrutar de una novela de Ferlosio a tenor de algunos de sus comentarios, porque le oímos decir, no hace mucho, a propósito de una alabanza a sus novelas, que no le agradaba que su nombre fuese unido al atributo de novelista pues lo consideraba ‘una desgracia’, y finalmente añadió: ‘no me gustan ni el hecho ni la novela’. Una lástima.

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