Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información

El uso perverso y seductor de las palabras

La magnífica entrada de hoy de Ignacio Escolar me ha traído a la memoria algunos de los fantásticos libros que Álex Grijelmo publicó sobre el uso pretencioso del lenguaje por parte de la clase dominante. Se trata de dos libros de obligada lectura para todo aquél que ame nuestro idioma: Defensa apasionada del idioma español y La seducción de las palabras. Aunque el primero de ellos fue publicado hace ya unos años y el panorama lingüístico ha cambiado bastante, es una de esas obras que agitan la conciencia de uno. Según se avanza en la lectura, el corazón se acelera por la trascendencia de sus exposiciones, por los éxitos de nuestro idioma pero también por los peligros y las tensiones a las que se ve sometido. El autor nos dice que es una defensa apasionada y vaya si lo es porque, tras haberlo leído, es imposible no tomar partido. La segunda de las obras mencionadas antes está dedicada a la manipulación de la conciencia social a través del lenguaje, el análisis que hace Grijelmo es tan directo que el lector despierta violentamente del dulce sueño de mentiras y engaños en el que se encontraba. Lo consigue exactamente igual que lo hace Ignacio Escolar en el día de hoy. Me permito la licencia, y  discúlpenme por ello, de fusilar íntegra la entrada que nos ocupa porque es para enmarcarla y colgarla en un museo.

La escritura no nació ni para la poesía ni para la ciencia ni para las cartas de amor. Como decía el antropólogo Claude Lévi-Strauss, ‘la función principal de la escritura antigua era facilitar la esclavización de otros seres humanos’. Al igual que otras tecnologías, la bendita palabra escrita se inventó como una herramienta de dominación: como un instrumento al servicio de los reyes y sacerdotes sumerios, que usaban a sus escribas para cobrar impuestos, contar esclavos, sacos de trigo y cabras, y administrar un imperio en expansión.

El arte y el conocimiento llegaron a los libros mucho después. Pero los usos perversos del lenguaje como palanca para el control social aún siguen ahí, aunque ahora el más preocupante es otro: la propaganda. Cualquier manipulación empieza siempre en el diccionario. Por eso llaman ‘gasto’ al dinero invertido en guarderías, o en salud, o en pensiones, pero califican como ‘inversión’ a cualquier presupuesto empleado en infraestructuras, aunque sean tan inútiles como esos trenes AVE que hasta hace nada circulaban casi vacíos entre Toledo y Albacete.

La última de esas trampas en la lengua aún no está en el diccionario de la RAE, pero ya es de uso común: el ‘copago’. Nombran así a un modelo de sanidad pública como el que ahora estrenará Italia: 25 euros por cada visita a urgencias, otros 10 por cada cita con el especialista. Lo llaman copago y no lo es: la palabra correcta sería ‘repago’ porque la sanidad ya la pagamos a través de los impuestos. El llamado copago consiste, para entendernos, en que paguen más por la sanidad los enfermos, y no los que más ganen. Es un impuesto indirecto que grava a la enfermedad y a la vejez.

Fuente | Escolar.net

Coméntalo en: Twitter Facebook Google +