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Internet cambia, mis hábitos también

Realmente, no sé muy bien cuándo empezó. No se puede decir que fuese algo consciente pero lo cierto es que, progresivamente, he ido reduciendo el uso que hago del buscador de Google hasta unos mínimos que hacen que me replantee si, de verdad, es cierto eso de que internet comienza de nuevo a humanizarse y los usuarios van abandonando el uso de algoritmos que automatizan los resultados de las búsquedas en favor de las recomendaciones que hacen mis contactos en las redes sociales.

Actualmente, la vida en la red es relativamente cómoda: encender el ordenador, abrir el navegador, entrar en Gmail, hacer click en el Reader, entrar en Twitter, Facebook y comenzar a leer los ríos de información pertinente que comienzan a llegar, enlaces recomendados y comentados por personas que tienen los mismos intereses que yo, amén de la siempre jugosa selección de actualizaciones que me da Google Reader. No cuesta mucho encontrar lo que uno anda buscando.

Muy lejos quedan ya los índices temáticos de finales de los ‘90 en los que tanto trabajo costaba encontrar lo que se buscaba. Hay que esforzarse por recordar que una vez existieron y, sin embargo, la mayor parte de lo que leo en internet, como entonces, viene seleccionado pero esta vez por los contactos que tengo en las redes sociales al tiempo y esto no es unidireccional sino que yo también vierto información, comparto y recomiendo nuevos enlaces. Ahora, estoy mucho mejor informado de todo aquello que me interesa si lo comparo con la situación que se vivía a finales de los ‘90 y durante gran parte de la década pasada.

Google, como buscador, ha dejado de ser lo que era, al menos para mí. Hace tiempo que se acabó aquello de visualizar páginas y páginas repletas de enlaces intentando discriminar cuáles de ellos me iban a ser útiles, una misión que, en opinión de muchos usuarios, se ha complicado últimamente debido a la forma en la que Google prima unas páginas sobre otras al mostrar los resultados.

Siempre fui un entusiasta del buscador de Google pero, ahora, no me resulta tan útil como antes. Lo uso, cierto. Innegablemente, es necesario y muy útil cuando uno necesita encontrar una información determinada, pero ya no lo recurro a él tanto como lo hacía antes, ya no dependo tanto de él. Muchas veces, basta preguntar en Twitter o Facebook para que alguien te brinde un enlace que te lleve a la página con la información que necesitas. Curioso. Hemos llegado al mismo punto en el que estábamos hace más de una década solo que, ahora, no hay un reducido grupo de personas que seleccionen las webs consideradas artificialmente como válidas sino que ahora parece ser la propia red la que se gobierna. Da la impresión de que son los propios usuarios los que crean el tráfico web, los que lo redirigen o los que, por lo menos, influyen en las corrientes de opinión producto de campañas virales orquestadas en mayor o menor medida. No dejo de sorprenderme de la velocidad con la que un fenómeno u otro viaja y se reproduce en internet. Lo mejor de todo es que estamos hablando, en todo momento, de información relevante, pertienente y de interés para los usuarios ya que suele ser seleccionada por personas afines a uno mismo. Lo que me entusiasma puesto que es la primera vez en la historia en la que la información pertenece a las masas y, al mismo tiempo, no deja de parecerme un poco extraño y hasta romántico, si me apuran.

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