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La teoría del cubo de helado

icecreamPreparar una clase es un trabajo minucioso que requiere un detenido examen de los contenidos que los alumnos deben trabajar para conseguir los objetivos; además hay que diseñar unas actividades útiles, pertinentes, divertidas y prácticas, hay que temporizarlas, hay que buscar el material real que las acompañe, hay que estudiar y diseñar unos enunciados efectivos, hay que considerar en qué medida y qué ejercicios utilizaremos del libro de texto, hay que visualizar el desarrollo de la clase en función de los alumnos que tenemos y de su competencia lingüística (que nunca es homogénea en los grupos internacionales), etc. Un trabajo puede no servir de mucho si no controlamos bien la dinámica de clase.

Imaginemos que estamos en clase, hemos presentado con éxito los contenidos gramaticales, los alumnos los han entendido y la actividad que hemos preparado está funcionando muy bien. Aparecen ahora, en la mente del profesor, dos opciones: pasar al siguiente punto de la programación o dejar correr la actividad ya que está teniendo mucho éxito y parece que gusta mucho. Decantarse por esta segunda opción va a dinamitar la programación de clase y retrasará el desarrollo del alumno ya que lo que el profesor se deje sin dar hoy, habrá de ser impartido al día siguiente, complicando, de nuevo, la programación de las próximas clases, haciéndole trabajar más de la cuenta puesto que le obligará a reprogramar su agenda.

No es infrecuente encontrarse con complicaciones motivadas por este tipo de decisiones tomadas in situ sin haber valorado en profundidad sus consecuencias. Alargar la duración de aquellas actividades que funcionan bien en el aula conlleva, a la larga, quejas entre aquellos alumnos que quieren aprovechar al máximo su programa en España. Para anticiparnos a estas posibles quejas motivadas por retrasos en la programación (que, además, ellos conocen muy bien ya que se la hemos entregado en el syllabus) habría que utilizar lo que yo llamo, ‘La teoría del cubo de helado’.

Imaginemos que nos encanta el helado de fresa. Siempre que vamos a una heladería lo pedimos puesto que es el que más nos gusta. Al llegar el cumpleaños de nuestro amigo Óscar, persona conocedora de nuestra pasión por el helado de fresa, por agradarnos, nos invita, con su mejor intención, a un enorme e increíble cubo de un litro de helado que, por supuesto, es de fresa. La visión de ese cubo de helado nos deja anonadados al tiempo que nos llena de entusiasmo. Le damos las gracias muchas veces por tal demostración de cariño y comenzamos a comer el helado de fresa a cucharadas. Cuando llevamos cinco minutos comiendo helado sin parar comenzamos a sentirnos más que satisfechos, sin embargo, quedan tres cuartos de cubo por comer y, por no parecer groseros, seguimos comiendo y comiendo hasta que llegamos a nuestro límite mientras pensamos que no hubiese estado mal que simplemente nos hubiese invitado a un helado de dos bolitas de helado de fresa en lugar de semejante empacho.

En el aula pasa lo mismo, es mucho mejor presentar, para cada lección, una variedad de actividades cuya duración haya sido considerada en su justa medida en lugar de entregarse a los brazos del libre albedrío dejando que las actividades que parecen funcionar bien se prolonguen en el tiempo produciendo un empacho que puede ser crónico si este tipo de decisiones que toma el profesor se convierte en algo rutinario.

¿Y tú, qué tipo de profesor eres? ¿Un profesor que lleva actividades ‘de dos bolas de helado’ o un profesor que lleva actividades que son como ‘cubos de helado’?

Créditos de foto | Dendoes

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