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Vértigo a la oscuridad

Es sorprendente… cuando mi vista recorre la mesa, casi siempre se para un momento en mi disco duro portátil, un objeto que, de por sí, no tiene mucho de particular. Es ésta una pausa que me produce cierto vértigo. En este disco duro está toda mi vida: mis fotos, mis trabajos de la universidad, mis cartas, mis cuentos, el material educativo que uso en las clases, la música que me ha acompañado durante todos estos años, montones de videojuegos, las copias de seguridad de las páginas web que he hecho, los artículos que he publicado en varias revistas, estudios publicados en varios sitios web… ¡Todo en algo tan frágil! Casi podríamos decir que ‘un simple golpe en este disco duro y se borraría toda huella de mi paso por el mundo’, como si nunca hubiese existido.

Es curioso que, al menos hasta ahora, toda la vida de una persona estuviese metida en un disco duro (esto ya ha cambiado como explicaré un poco más abajo), antes, por lo menos estaba en una caja de cartón, la abrías y podías ver las fotos de tu abuelo, de aquel tito que se fue a Australia o cómo era tu padre con pantalones cortos cuando vivía en el pueblo… (claro que, para ello, tenías en encontrar la caja de cartón en el altillo). Ahora, la mayoría de nosotros pensamos: ‘como se me funda el disco duro, me corto las venas’.

Para evitar el vértigo a esa Nada que acecha y amenaza con la fatalidad (muy parecida a la que narraba Ende), he comenzado a sacar múltiples copias de seguridad que garanticen la perpetuidad -al menos temporal- de mi existencia.

El problema tiene unas dimensiones mucho mayores de las que podríamos pensar en un principio; es posible que, dentro de un siglo, no se sepa nada de nuestra cultura. La fragilidad de los soportes unida a la caducidad de los formatos  hacen que corramos el riesgo de que toda nuestra cultura desaparezca en pocas décadas. En mi caso, por ejemplo, tengo varios guiones de cine escritos en procesadores de texto de los ochenta que ya no existen y que, para más inri, están grabados en discos magnéticos 5 1/4. El peligro es tal que, incluso, hay datos enviados por la nave Viking en su viaje a Marte que se han perdido para siempre ya que la información está grabada en cintas magnéticas que se han degradado en algo más de una década. Ahora, con el nuevo paso que estamos a punto de dar hacia el Cloud Computing hace peligrar nuestro legado hasta el infinito, son muchos los que están usando -por ejemplo- Google Docs para escribir… ¿qué pasará cuando sus cuentas de google caduquen? ¿qué pasaría si Google quebrara dentro de -quién sabe- 100 ó 200 años? Miles de millones de documentos se perderían para siempre.

Y esto sólo es el comienzo de nuestro camino hacia la oscuridad diacrónica que, paradógicamente, se opone a una cantidad ingente de información sincrónica en la red. El proyecto Archive es una loable iniciativa para registrar todo lo que se publica en internet pero es insuficiente.

Esto nos lleva a un tema recurrente y someramente debatido a comienzos del siglo XXI. Ya hay más información en Internet sobre la historia de la humanidad que en todas las bibliotecas del mundo, pero esa información es muy frágil. ¿Qué quedará de nuestra civilización cuando, dentro de 150 años quieran ver qué hicimos o cómo vivíamos y comprueben con horror que no tienen puertos USB para enchufar mi disco duro? ¿Qué pasará cuando mis nietos quieran ver cómo era su abuelo y no tengan un programa para poder abrir los JPG o no tengan una ranura que acepte la tarjeta de memoria de mi cámara fotográfica….?

Es esta idea de volatilidad la que me ronda la cabeza en las últimas semanas, la que me produce un vértigo que no logro despejar de mi mente…

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