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Información viva, información digital

Desde siempre, el hombre se ha preocupado por tener información, tenerla y guardarla bien ordenadita en un cajón, en un fichero o en una carpeta restringiendo el acceso a la misma a algunos, a muchos o a ningún ser humano más.

En los tiempos que corren, podríamos considerar que toda información guardada es información muerta ¿para qué vale tenerla si uno no puede compartirla? Tal es esa necesidad actual de compartir lo que se tiene que el CD y el DVD como formatos de almacenamiento están de capa caída. Las redes sociales, el cloud computing, los portales de vídeos, los de presentaciones, las galerías fotográficas, la Wikipedia, etc… hacen que todo contenido cultural que genere cualquier usuario en su ordenador pase a ser publicado y compartido -de forma gratuita y bajo licencia Creative Commons en la mayoría de los casos- casi al instante. Y esto es así porque, incluso, no tiene sentido que la información útil esté en un único sitio, es mejor que esté en multitud de sitios y que sea fácilmente accesible por la mayor cantidad posible de personas.

En el pasado, los grupos de influencia seleccionaban la información que nosotros debíamos poseer, en la actualidad, afortunadamente, somos nosotros los que elegimos qué información compartir y qué información vamos a consumir en cada instante, por primera vez en la historia, el usuario es parte activa del proceso cultural, es parte inicial y final del avance cultural. De qué vale escribir un artículo, un cuento, un reportaje, hacer fotografías, grabar vídeos, componer música si luego van a terminar en el fondo de un oscuro cajón. ¿Para qué necesita un artista, un escritor, un pintor… intermediarios que canalicen su trabajo si puede hacerlo él mismo (los blogs son clara prueba de ello)?

Suelo comentar frecuentemente que no entiendo muy bien ese sentimiento frecuentemente contrario a la innovación tecnológica que tienen algunos filólogos, escritores y otra gente de letras que, además, en el caso de los profesores, los aleja irremediablemente de sus alumnos (personas que han nacido y crecido en el mundo digital y no conciben otro mundo posible).  Qué contradicción más irracional e irresponsable. Este sentimiento es tan romántico como egoísta ya que coarta y priva de acceder y compartir la información, la cultura, el saber. El saber es libre -dicen- pero no debería estar todo en la red -dicen-, el saber es libre y debe escapar al control de ‘esos que controlan los nuevos canales de información’… ¡Qué soberana y grandísima tontería! Tan grande es que, de hecho, prefieren el control que han venido ejerciendo los grupos tradicionales. Cuánto daño ha hecho el Romanticismo a la humanidad, dios mío, un daño que es responsable -en gran medida- del analfabetimo digital de muchos docentes. Afortunadamente, cada vez son menos los profesores que reniegan de la importancia de las nuevas tecnologías; sin embargo, no son tantos los que están a favor de que la cultura pueda ser generada y compartida sin mayor dificultad que un simple y llano clic.

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